Somos el producto de todas
nuestras experiencias. Y no es la edad, sino las experiencias las que nos hacen
madurar o tener más años. Yo actualmente soy el producto de demasiadas
experiencias negativas. Un exceso que ha hecho que tenga un bagaje más bien
triste. Y todo eso queda tatuado. Queda a través de las canciones, de la música
que escuchas cuando se producen esos hechos.
Esta semana he estado escuchando
Alejandro Fernández, cuyas canciones me recuerdan a muchos
momentos tristísimos.
El disco del año 2000 “Entre tus
brazos” fue especialmente duro para mí. Por aquellos años conocí a una chica
llamada Andrea. La conocí por internet y nos conocimos. Ella en muy, muy poco
tiempo no sólo se enamoró de mí, sino que comenzó a acelerarse, a planificar
una vida en común en menos de dos meses. A mí me daba mucho vértigo ese acelerón
cuando apenas nos estábamos conociendo y yo no estaba por la labor de
enamorarme tan así, pero me gustaba la chavala, no lo voy a negar. Unas semanas
más tarde, no sé exactamente bien pero un tiempo mucho más prudente del que
tuvo ella, también me enamoré. Lo mío fue gradual, lo de ella fue extremo. Pero
al cabo llegamos al mismo punto tiempo más tarde. Sin embargo, unos meses más
adelante, ignoro realmente sus razones aún después del tiempo, ella tan pronto
llegó, desapareció. Éramos novios, éramos una pareja,
era una relación a todos los efectos. Y sin embargo, desapareció. Yo sufrí una
barbaridad. Tardé mucho tiempo, mucho alcohol y mucho despecho en olvidarla,
pero lo conseguí. ¡Dios mío, cuánto la amaba! Me entregué a ella al 200% sin
paracaídas. Pero desapareció sin dar explicaciones.
Igual que hicieran muchas en el
futuro, ella también volvió a escribirme. Lo hizo cuando estaba lo
suficientemente lejos y había pasado un tiempo que ella consideró prudencial.
Sus motivos nunca los entendí, y nunca lo haré. Simplemente sentía miedo y
buscó cualquier excusa. El tiempo me daría la razón.
Y pasaron los años, y las mujeres
(Carmen, Yolanda, Isabel, Virginia, Rebeca, Estefanía x2, Clara, Goizargi… Salvo
alguna que otra que no fueron relaciones, alguna de ellas sí lo fueron. Unas
más cercanas, otras no tanto, pero todas ellas me dejaron en herencia un
bagaje. Un pesar sobre todo. El pesar de que hiciera lo que hiciera, nunca iba
a ser suficiente para que se enamoraran de mí, y todas acabaron yéndose, luego
alguna regresando intempestivamente, de otras me alejé yo mismo, pero todo
acabó. Algunas fueron realmente relaciones sumamente duras, que me dejaron una
tristeza muy clavada. Pero con todas traté de darme al 200%, siempre con
respeto, con mis errores, como todo humano, pero ninguna se fue o pudo decir
que se tuvo que ir porque la había tratado mal. Puedo tener una mochila muy
pesada de cosas, pero nunca lo pagué con ellas. Creo que ellas siempre se
sintieron, sobre todo, amadas en el mejor de los sentidos. Creo que soy de esos
que quedan pocos. Un muy buen tipo, con sus cosas malas pero más cosas buenas.
Pero….el amor es así, todo el mundo sabe de él pero nadie conoce realmente de
qué va. Antes era una cuestión de capricho, luego fue de necesidad, luego pasé
por varias fases. Ahora para mí es muy sencillo. Amar es, sobre todo, respetar
incluso cuando te cierran la puerta. El amor nunca puede ser obligado, nunca
puede ser impuesto de ninguna de las maneras. Ni a mí me ha gustado que me
controlasen, ni a mí me ha gustado nunca controlar. Si no hay libertad, no es
amor, es otra cosa. Yo lo tengo muy claro.
Pero como decía al inicio, con la
música de Alejandro Fernández hubo personas que han sido inolvidables y aunque
quedaron huellas, la vida siguió. Y llegó una nueva vida, en este caso, como ya
se sabe, en el otro lado del océano, en Guatemala. Allí me enamoré varias veces
(Ruth, Karina, Marisol, Verónica, Yaquelin…) pero la que yo llamo mi amor
imposible, a la que nunca nombraré aquí, ese amor se coció a fuego muy lento.
De hecho, cuando me fui por primera vez de Guatemala, no estaba enamorado ni de
lejos. Fue en mi regreso, en el año 2015 cuando algo real y verdaderamente
cambió. Lo hizo en ella, que cambió drásticamente conmigo, y cambió en mí, que
comencé a notar cosas muy raras…en el mejor de los sentidos. Pero luego me
volví a marchar, esta vez a Estados Unidos, y aún recuerdo exactamente el momento
en el que caí enamorado. Ya iba sintiendo cosas, pero yo me lo negaba, yo decía
que no podía ser, que nada ver, era un amor demasiado complicado, eran
chorradas mías. Y recuerdo que fue poco después de mi cumpleaños, en octubre,
cuando vi una foto suya. Aquella foto suya transformó todo lo racional, en
irracional, todas las cortapisas, todos los frenos, absolutamente todo los
muros que había puesto, cayeron. Caí enamoradísimo. Obviamente yo quería seguir
negándolo, y aún recuerdo cuando estuve en aquella montaña americana, alejado
de todo y todos, aislado como nunca había estado, viendo su foto y diciéndome:
Will, no lo puedes negar…. Pero se había iniciado entonces, la que es,
probablemente una de las historias de amor más crueles e incomprensibles que
puedo recordar. He visto historias de amor en la tele, en las películas,
incluso en la realidad, pero ninguna se le parece.
Aquel año, en 2015, regresé en
Navidad a Guatemala y hablando por teléfono con ella me confesó que tenía
novio. Fue un palo pero reaccioné. Conocí entonces a Marisol. La historia de
Marisol se entrecruza con la de mi amor imposible o como la he venido llamando
últimamente, “Chica B”. Y bueno, esta historia que se inicia en la Navidad de
2015 es ciertamente compleja, ya que se entremezclan muchas personas y muchas
acciones mías muy valientes que ya contaré.
Pero el tiempo pasó y yo seguía
enamoradísimo de ella. Teníamos nuestros problemas, yo me iba y regresaba a
Guatemala. Y fue un día inolvidable, el 11 de Enero de 2018 cuando todo
finalmente acabó. Igual que al principio, me negaba a creer que había acabado.
Tenía esperanzas cada vez en que nada había muerto. Recuerdo como si fuera ayer
aquel trayecto, saliendo de la profundísima selva a las cinco de la mañana, aún
de noche. Recuerdo su frío abrazo, recuerdo absolutamente todo, incluso
recuerdo el momento en el que acabó. ¿Por qué acabó? Porque le confesé todo lo
que la amaba, lo perdidamente enamorado que estaba de ella. Ella, por razones
que nunca voy a entender (como con Andrea), se alejó, me dejó de hablar, puso
una distancia sideral entre los dos. Recuerdo que aquel trayecto que hice aquel
11 de Enero no paré de llorar desde que me abrazó por última vez, hasta que ya
de noche llegué a la Ciudad de Guatemala, más de 8 horas más tarde. Tenía los
ojos y el cuerpo destrozados de llorar. Yo sabía que allí, ese día, en aquel
momento, toda relación entre los dos había muerto para siempre. Y durante ese
momento escuché dos canciones, una de ellas de Alejandro Fernández. Esa canción
quedará tatuada perpetuamente, de forma indeleble, a aquel 11 de Enero en que
perdí a mi amor, que duró tres años.
Desde entonces, la nada. Porque
no lo he podido superar del todo, porque no he conocido a ninguna chica que me
haga ilusionarme. No ha habido ninguna mujer que haya querido adentrarse en las
aguas de mi vida. Yo tampoco he conseguido avanzar en ese terreno. Porque no se
trataba sólo de ella, se trataba de muchas, demasiadas mujeres que me han
rechazo, demasiados errores míos. Y esta situación, enquistada, no es algo que
sepa cómo superar porque sencillamente, aunque diga que el amor es fácil, lo
complicado es “soltar”, lo complicado es aceptar con respeto, que esa persona
no te piensa, no siente como tú, que para esa persona tú estás muerto, sin
haber hecho nada malo. Y clamas contra la injusticia pero como dice el “Libro
del buen amor”, el amor es el respeto. No puedes no respetar una decisión y
aunque no esté de acuerdo, y nunca haga lo que hiciera ella, la respeto, aunque
me haya jodido la vida por un montón de cosas.
La canción que dejo aquí es una
de las del 11 de Enero de 2018. Esa canción que rompió con todo. La selva, con
todo su verdor, con toda su beldad, se convirtió en gris, oscura, negra, fea,
horrible, de un dolor imposible de soportar. Siempre me pregunto si no hubiera
sido mejor no haberle dicho nada y seguir amándola en silencio. Siempre me
pregunto por qué fui tan egoísta al confesárselo. Ya nunca lo sabré… En efecto,
somos el producto de todas nuestras experiencias……


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