24 de septiembre de 2019

Producto de las EXPERIENCIAS


Somos el producto de todas nuestras experiencias. Y no es la edad, sino las experiencias las que nos hacen madurar o tener más años. Yo actualmente soy el producto de demasiadas experiencias negativas. Un exceso que ha hecho que tenga un bagaje más bien triste. Y todo eso queda tatuado. Queda a través de las canciones, de la música que escuchas cuando se producen esos hechos.

Esta semana he estado escuchando Alejandro Fernández, cuyas canciones me recuerdan a muchos momentos tristísimos.

El disco del año 2000 “Entre tus brazos” fue especialmente duro para mí. Por aquellos años conocí a una chica llamada Andrea. La conocí por internet y nos conocimos. Ella en muy, muy poco tiempo no sólo se enamoró de mí, sino que comenzó a acelerarse, a planificar una vida en común en menos de dos meses. A mí me daba mucho vértigo ese acelerón cuando apenas nos estábamos conociendo y yo no estaba por la labor de enamorarme tan así, pero me gustaba la chavala, no lo voy a negar. Unas semanas más tarde, no sé exactamente bien pero un tiempo mucho más prudente del que tuvo ella, también me enamoré. Lo mío fue gradual, lo de ella fue extremo. Pero al cabo llegamos al mismo punto tiempo más tarde. Sin embargo, unos meses más adelante, ignoro realmente sus razones aún después del tiempo, ella tan pronto llegó, desapareció. Éramos novios, éramos una pareja, era una relación a todos los efectos. Y sin embargo, desapareció. Yo sufrí una barbaridad. Tardé mucho tiempo, mucho alcohol y mucho despecho en olvidarla, pero lo conseguí. ¡Dios mío, cuánto la amaba! Me entregué a ella al 200% sin paracaídas. Pero desapareció sin dar explicaciones.

Igual que hicieran muchas en el futuro, ella también volvió a escribirme. Lo hizo cuando estaba lo suficientemente lejos y había pasado un tiempo que ella consideró prudencial. Sus motivos nunca los entendí, y nunca lo haré. Simplemente sentía miedo y buscó cualquier excusa. El tiempo me daría la razón.


Y pasaron los años, y las mujeres (Carmen, Yolanda, Isabel, Virginia, Rebeca, Estefanía x2, Clara, Goizargi… Salvo alguna que otra que no fueron relaciones, alguna de ellas sí lo fueron. Unas más cercanas, otras no tanto, pero todas ellas me dejaron en herencia un bagaje. Un pesar sobre todo. El pesar de que hiciera lo que hiciera, nunca iba a ser suficiente para que se enamoraran de mí, y todas acabaron yéndose, luego alguna regresando intempestivamente, de otras me alejé yo mismo, pero todo acabó. Algunas fueron realmente relaciones sumamente duras, que me dejaron una tristeza muy clavada. Pero con todas traté de darme al 200%, siempre con respeto, con mis errores, como todo humano, pero ninguna se fue o pudo decir que se tuvo que ir porque la había tratado mal. Puedo tener una mochila muy pesada de cosas, pero nunca lo pagué con ellas. Creo que ellas siempre se sintieron, sobre todo, amadas en el mejor de los sentidos. Creo que soy de esos que quedan pocos. Un muy buen tipo, con sus cosas malas pero más cosas buenas. Pero….el amor es así, todo el mundo sabe de él pero nadie conoce realmente de qué va. Antes era una cuestión de capricho, luego fue de necesidad, luego pasé por varias fases. Ahora para mí es muy sencillo. Amar es, sobre todo, respetar incluso cuando te cierran la puerta. El amor nunca puede ser obligado, nunca puede ser impuesto de ninguna de las maneras. Ni a mí me ha gustado que me controlasen, ni a mí me ha gustado nunca controlar. Si no hay libertad, no es amor, es otra cosa. Yo lo tengo muy claro.

Pero como decía al inicio, con la música de Alejandro Fernández hubo personas que han sido inolvidables y aunque quedaron huellas, la vida siguió. Y llegó una nueva vida, en este caso, como ya se sabe, en el otro lado del océano, en Guatemala. Allí me enamoré varias veces (Ruth, Karina, Marisol, Verónica, Yaquelin…) pero la que yo llamo mi amor imposible, a la que nunca nombraré aquí, ese amor se coció a fuego muy lento. De hecho, cuando me fui por primera vez de Guatemala, no estaba enamorado ni de lejos. Fue en mi regreso, en el año 2015 cuando algo real y verdaderamente cambió. Lo hizo en ella, que cambió drásticamente conmigo, y cambió en mí, que comencé a notar cosas muy raras…en el mejor de los sentidos. Pero luego me volví a marchar, esta vez a Estados Unidos, y aún recuerdo exactamente el momento en el que caí enamorado. Ya iba sintiendo cosas, pero yo me lo negaba, yo decía que no podía ser, que nada ver, era un amor demasiado complicado, eran chorradas mías. Y recuerdo que fue poco después de mi cumpleaños, en octubre, cuando vi una foto suya. Aquella foto suya transformó todo lo racional, en irracional, todas las cortapisas, todos los frenos, absolutamente todo los muros que había puesto, cayeron. Caí enamoradísimo. Obviamente yo quería seguir negándolo, y aún recuerdo cuando estuve en aquella montaña americana, alejado de todo y todos, aislado como nunca había estado, viendo su foto y diciéndome: Will, no lo puedes negar…. Pero se había iniciado entonces, la que es, probablemente una de las historias de amor más crueles e incomprensibles que puedo recordar. He visto historias de amor en la tele, en las películas, incluso en la realidad, pero ninguna se le parece.


Aquel año, en 2015, regresé en Navidad a Guatemala y hablando por teléfono con ella me confesó que tenía novio. Fue un palo pero reaccioné. Conocí entonces a Marisol. La historia de Marisol se entrecruza con la de mi amor imposible o como la he venido llamando últimamente, “Chica B”. Y bueno, esta historia que se inicia en la Navidad de 2015 es ciertamente compleja, ya que se entremezclan muchas personas y muchas acciones mías muy valientes que ya contaré.

Pero el tiempo pasó y yo seguía enamoradísimo de ella. Teníamos nuestros problemas, yo me iba y regresaba a Guatemala. Y fue un día inolvidable, el 11 de Enero de 2018 cuando todo finalmente acabó. Igual que al principio, me negaba a creer que había acabado. Tenía esperanzas cada vez en que nada había muerto. Recuerdo como si fuera ayer aquel trayecto, saliendo de la profundísima selva a las cinco de la mañana, aún de noche. Recuerdo su frío abrazo, recuerdo absolutamente todo, incluso recuerdo el momento en el que acabó. ¿Por qué acabó? Porque le confesé todo lo que la amaba, lo perdidamente enamorado que estaba de ella. Ella, por razones que nunca voy a entender (como con Andrea), se alejó, me dejó de hablar, puso una distancia sideral entre los dos. Recuerdo que aquel trayecto que hice aquel 11 de Enero no paré de llorar desde que me abrazó por última vez, hasta que ya de noche llegué a la Ciudad de Guatemala, más de 8 horas más tarde. Tenía los ojos y el cuerpo destrozados de llorar. Yo sabía que allí, ese día, en aquel momento, toda relación entre los dos había muerto para siempre. Y durante ese momento escuché dos canciones, una de ellas de Alejandro Fernández. Esa canción quedará tatuada perpetuamente, de forma indeleble, a aquel 11 de Enero en que perdí a mi amor, que duró tres años.

Desde entonces, la nada. Porque no lo he podido superar del todo, porque no he conocido a ninguna chica que me haga ilusionarme. No ha habido ninguna mujer que haya querido adentrarse en las aguas de mi vida. Yo tampoco he conseguido avanzar en ese terreno. Porque no se trataba sólo de ella, se trataba de muchas, demasiadas mujeres que me han rechazo, demasiados errores míos. Y esta situación, enquistada, no es algo que sepa cómo superar porque sencillamente, aunque diga que el amor es fácil, lo complicado es “soltar”, lo complicado es aceptar con respeto, que esa persona no te piensa, no siente como tú, que para esa persona tú estás muerto, sin haber hecho nada malo. Y clamas contra la injusticia pero como dice el “Libro del buen amor”, el amor es el respeto. No puedes no respetar una decisión y aunque no esté de acuerdo, y nunca haga lo que hiciera ella, la respeto, aunque me haya jodido la vida por un montón de cosas.

La canción que dejo aquí es una de las del 11 de Enero de 2018. Esa canción que rompió con todo. La selva, con todo su verdor, con toda su beldad, se convirtió en gris, oscura, negra, fea, horrible, de un dolor imposible de soportar. Siempre me pregunto si no hubiera sido mejor no haberle dicho nada y seguir amándola en silencio. Siempre me pregunto por qué fui tan egoísta al confesárselo. Ya nunca lo sabré… En efecto, somos el producto de todas nuestras experiencias……



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