Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer
A pesar de que me has escrito, me has dicho cosas como que quieres trabajar, que estás feliz y muchas más cosas, sin embargo me dices que me quieres y que me extrañas. ¿Por qué me quieres si ya te olvidaste de todo y de mí? ¿Por qué me extrañas si no hemos vivido nada? ¿Por qué debo creer una sola de tus palabras?
No te voy a mentir, hoy me has emocionado. Incluso volví a recordar lo que sentí hace años cuando me abrazabas, cuando me hacías sentir que de verdad yo completaba tu vida. Sin embargo, pasados unos pocos minutos, pensé en tu viaje a Argentina, en esa foto con Alex, pensé en todas tus palabras, en aquellas en las que me dijiste que te había decepcionado, en la que me pedías que te dejara en paz. Y amándote como a nadie, una vez más respeté tu decisión y te dejé en paz. Te di todo el tiempo y la distancia que un ser humano le puede dar a otro.
Pensé en todo, no con rencor, no con odio, pero me costaba entender cómo era posible que fuera todo tan cambiante. No encontré explicación. Quise buscarla y me pasé una hora mientras conducía, pensando y dándole vueltas al asunto. Tratando de comprenderte, tratando de encontrar un resquicio por el cual pudiera creerte, y creerme importante en tu vida.
Sin embargo, mi naturaleza obstinada, y esa enfermedad que llevo dentro de mi me empujó hasta la desidia, la displicencia. Porque aunque quiera creerte, aunque desee con todas mis fuerzas ser el responsable de algo importante, tu trato a lo largo de este último año me ha demostrado que no es así. Para ti soy prescindible la mayor parte del tiempo. No me extrañas cada día, no me quieres cada día. Me quieres ocasionalmente, me extrañas en momentos puntuales en tu vida. Y eso no es amor de verdad.
Estas palabras no persiguen herir a nadie, pero tú con tus actos e incongruencias, me has dañado y será difícil que yo pueda volver a ser lo que era. Depende más de ti, que de mí, ya que mientras tu estuviste resguardada, yo sufría toda la violencia que la vida te puede dar. Y me he quedado sin recompensa. No creo, después de tantos años, que pueda superar tu pérdida.
Vivir contigo día a día era una experiencia vital imposible de repetir. Imposible de corregir, solapar o soslayar. Te perdí, eso es un hecho. Lo acepté, esa esa una verdad. Pero duele, eso es indudable. Y dolerá porque tú y yo éramos eso mismo, TÚ Y YO. Pero ahora tú, eres sólo tú, y yo, soy yo sin ti. Y es algo verosímil. No digo que sea bonito, porque no lo es.
Puede que vivir sin ti sea muy fácil, pero yo prefería la beldad de lo complejo que éramos tú y yo.
No te voy a mentir, hoy me has emocionado. Incluso volví a recordar lo que sentí hace años cuando me abrazabas, cuando me hacías sentir que de verdad yo completaba tu vida. Sin embargo, pasados unos pocos minutos, pensé en tu viaje a Argentina, en esa foto con Alex, pensé en todas tus palabras, en aquellas en las que me dijiste que te había decepcionado, en la que me pedías que te dejara en paz. Y amándote como a nadie, una vez más respeté tu decisión y te dejé en paz. Te di todo el tiempo y la distancia que un ser humano le puede dar a otro.
Pensé en todo, no con rencor, no con odio, pero me costaba entender cómo era posible que fuera todo tan cambiante. No encontré explicación. Quise buscarla y me pasé una hora mientras conducía, pensando y dándole vueltas al asunto. Tratando de comprenderte, tratando de encontrar un resquicio por el cual pudiera creerte, y creerme importante en tu vida.
Sin embargo, mi naturaleza obstinada, y esa enfermedad que llevo dentro de mi me empujó hasta la desidia, la displicencia. Porque aunque quiera creerte, aunque desee con todas mis fuerzas ser el responsable de algo importante, tu trato a lo largo de este último año me ha demostrado que no es así. Para ti soy prescindible la mayor parte del tiempo. No me extrañas cada día, no me quieres cada día. Me quieres ocasionalmente, me extrañas en momentos puntuales en tu vida. Y eso no es amor de verdad.
Estas palabras no persiguen herir a nadie, pero tú con tus actos e incongruencias, me has dañado y será difícil que yo pueda volver a ser lo que era. Depende más de ti, que de mí, ya que mientras tu estuviste resguardada, yo sufría toda la violencia que la vida te puede dar. Y me he quedado sin recompensa. No creo, después de tantos años, que pueda superar tu pérdida.
Vivir contigo día a día era una experiencia vital imposible de repetir. Imposible de corregir, solapar o soslayar. Te perdí, eso es un hecho. Lo acepté, esa esa una verdad. Pero duele, eso es indudable. Y dolerá porque tú y yo éramos eso mismo, TÚ Y YO. Pero ahora tú, eres sólo tú, y yo, soy yo sin ti. Y es algo verosímil. No digo que sea bonito, porque no lo es.
Puede que vivir sin ti sea muy fácil, pero yo prefería la beldad de lo complejo que éramos tú y yo.